CIANURO
Muerdas
o no muerdas el anzuelo por la boca morirás:
la ley del embudo no
perdona. El veneno no distingue
entre capas geológicas. La
existencia mineral es difusa,
profusa y confusa, la del veneno no.
El veneno busca
y nos encuentra en tu doblez más ínfimo. No
alcanza
con cerrar los ojos: la venda ya está en la boca.
Morir
es cuestión de boquear aguas abajo, y un brillo de
oro
comiéndote el pulmón: la asfixia empieza en la mirada.
(El
antídoto está en el nervio del sustantivo, en su tendón
sin
músculo y su pluma de silencio, en su hueso de volar).
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Agujero
negro
Esa
boca que devora el centro de la galaxia
pero
deja el borde azucarado para después
no
es una boca: del agujero sólo se puede decir
lo
que el agujero no es. No es boca ni dice,
o
lo que dice es palabra negra, pura implosión.
Quién
otro sino este dios cabeza de alfiler
puede
doblar así el espacio, plegar sin crujido
todos
su vapores y metales, volverlo pañuelo
paloma
y conejo en su galera de una sola vía,
moridero
o esencia del arte de la desaparición.
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Construcción del espejismo
No es
indispensable un desierto.
Se puede prescindir sin pena de
beduinos y palmeras.
Alcanza con una superficie plana recalentada
al sol,
aire frío sobre aire caliente, un rayo de luz quebrado
y
torcido por la anomalía, guardar la debida distancia y ya:
se
confunde eso que llamamos cielo
con agua que te ha de salvar.
(Un
espejismo está hecho de cosas que apenas existen
dispuestas en el
orden correcto y en línea con tu ojo.
Lo que da realismo al
conjunto es la agonía de tu sed).
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Antimateria
La
temperatura de fisión se alcanza en la superficie del espejo:
la
espina dorsal del ojo se vuelve bífida, pero el dolor viene
de
saber que lo igual es enemigo de sí mismo. La
cargazón
eléctrica reparte puntual su discordia: a cada
palabra le nace
una antipalabra; la infección de luz sube de
átomo en átomo
y no hay antídoto para lo que no se puede decir.
Los cuerpos
generan sus anticuerpos y estallan, de placer o de
antiplacer,
da
igual: en esa milésima de encuentro antes de la explosión
cada
uno dice su nombre verdadero, el de morir y el de matar:
un
secreto que queda cimbrando en la nada, que es sordomuda.
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Bruno Di Benedetto nació en Avellaneda, provincia de Buenos Aires en 1955. Desde 1979 reside en Puerto Madryn, Provincia del Chubut, Argentina. En el 2010 ganó el Premio de Poesía “Casa de las Américas”, con el poemario Crónicas de muertes dudosas, libro publicado en Cuba y Buenos Aires en 2011 por Ediciones en Danza. Ha coordinado talleres de escritura y creatividad para escritores y docentes en diversas ciudades de su país. Como promotor de la lectura, realizó programas radiales y televisivos y publicó artículos en diversos medios gráficos.
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