De la voluntad en la poesía
Hace tiempo que querés escribir
sobre los animales muertos
en la ruta —perros, liebres,
zorros, cuises, aplastados,
con las tripas afuera, los pelos,
pegoteados de sangre
y los chimangos arrancándoles
la carne de los huesos—,
pero no hay caso: el poema
no aparece.
-O´´O-
Para identificar mi cuerpo
–¿Señas particulares? –me pregunta la mujer
del Instituto Nacional de Migración–
¿tatuajes, manchas, cicatrices? –Nada
que se vea a simple vista –digo. Y ella,
impúdica, insiste. –Una cesárea, ¿le sirve?
–subo la voz para que escuchen todos en la sala–
¿Un corte en el pezón derecho,
otro en la ingle, uno en el cuello del útero?
–Y su hija, ¿tiene alguna marca?
–Un lunar en la palma de la mano izquierda.
Como si hubiera matado una mosca.
La mujer del Instituto Nacional de Migración
completa el formulario. No me mira.
-O´´O-
La noche en que se nos inundó la casa
Decorando la casa que yo no quería que fuera nuestra casa,
pinchamos con el taladro un tubo de agua. El chorro
nos golpeó con la fuerza de una yegua. Era de noche,
sábado y afuera también llovía.
Hasta que encontramos la llave, se inundaron
los cuartos, los placares, el pasillo.
Hacía frío. Empezábamos a hundirnos. La pintura
de los muros se rajaba. Se curvaban las tablas en el piso.
Enseguida, el marido empuñó la escoba:
era una especie de caballero con su lanza.
Quién sabe cuáles monstruos despiadados
enfrentaba en el cuerpo de esas aguas.
También estaba la hija. Seria. Empapada.
Iba de un lado al otro llevando zapatos
y lápices y cajas hasta arriba de las camas.
Parecía un gigante tratando de salvar el mundo.
Yo me hubiera dejado ahogar ahí mismo.
Habrían quedado tres libros, unas pocas fotos
y un montón de notas sueltas. Suficiente
para alimentar el mito de la poeta joven que se fue
justo antes de empezar a escribir sobre sus muertos.
De Que Sangre (Caleta Olivia)
-O´´O-
un entierro
todas las noches
encerrábamos a los charitos
en el gallinero
una mañana cedió el tejido
y un revoltijo de plumas
se nos pegó a los ojos
en el patio de la capilla
enterramos los huesos
las patas los picos
hicimos guirnaldas de flores
sobre las tumbas
clavamos cruces
de varillas y alambre
las manos cubiertas de ampollas
rezamos
lloramos
más tarde sacamos
las cruces
y las usamos de espadas
-O´´O-
Soledad Castresana - La Pampa
Nació en Intendente Alvear, La Pampa, en 1979. Estudió Letras en Buenos Aires. Ha vivido en Colombia, en México, en Tailandia y Costa Rica. Publicó Carneada (Córdoba, 2007), Selección natural (La Pampa, 2011), Contra la locura (Quito, 2015) y Que sangre (Caleta Olivia, 2019) es su último libro. Su colección de cuentos cortos incluye La hermana animal, que obtuvo el segundo lugar en el Premio Itaú 2020.
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