miércoles, 3 de abril de 2024

Poesía Maite Aranzabal

 

a lo Jordan


cuando llegué a casa mamá había quemado mi traje de che guevara entonces grité y

lloré y maldije porque tenía unos andróginos catorce años que me volvían heroica en mi

berrinche como en los domingos cuando venía el tío militar a comer a casa y mamá otra

vez me miraba fuerte o me tocaba la pierna por debajo de la mesa para que no le discuta

porque el tío tenía la dentadura de un jaguar y un arma debajo del saco con el que había

llegado de la misa con su hermosa familia entonces fue mucho después que me di

cuenta que mamá todo lo que quería era salvarme cuando los nombres de mis

compañeros algo mayores que yo que habían partido a la capital para estudiar se

empezaron a nombrar en voz baja en las esquinas

seguramente ya no saldrían de los pozos de los campos de concentración de ese mar

tan vasto

que dejó de ser el de las postales en vacaciones

el tío el arma la iglesia los pozos los aviones las voces tan inaudibles que gritaban los

nombres que ahora están mudos en los carteles que designan las calles del barrio de los

maestros a todos los de las calles los conocí y todos eran brillantes y tersos valerosos

mucho más que yo que he sobrevivido con esfuerzo y desde entonces he cavado en

distintos lugares del patio de la infancia y no he encontrado los restos del che salvo en

todas partes en infinitos rincones de américa lo encontré muy vivo al eterno

ahora con mis sesenta años que soy testigo de los embates a madres de plaza de mayo y

de las guerras que el imperio que no cayó y resucita y sigue quemando nunca dando el

último coletazo como profetizábamos casi niños

ahora es el tiempo en que vemos que no alcanzó para que la gente vuelva a votar a los

verdugos empoderados lujuriosos destruyendo todos nuestros derechos por televisión

los más mínimos los más antiguos los que nos pertenecían para siempre de acá en más

por qué vuelven los más atroces ejércitos en vez de creer que lo peor ya había

acontecido ahora que el agua no se puede beber y la tierra y el aire están fétidos de mil

venenos y todas esas descarnadas acciones acá o allí o lejos nos vuelvan a matar de mil

maneras que no llegamos a imaginar cuando jóvenes y bellos hacíamos picnis trabajos

en los barrios con teatritos reuniones revolucionarias con los ojos tapados y nos

bañábamos en el río creyendo que otro mundo podría amanecernos

todo se deshace vuelve hacia atrás a la oscuridad más jadeante a la de sentirnos

pequeños animales que podrían ser cazados una y mil veces porque la memoria es una

tela finita y transparente ajada desecha pútrida bajo tierra como mi traje del che

alimentando una mata de flores silvestres que mueve el viento

una y otra vez




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caída o pozo del cuerpo sin borde

insensatez del monte

la savia ruge la música perdida del agua oscura

un cruento rozarse disemina esquejes insectos sonoros

de la noche ultraje o dominio es flor carnívora amor seco




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ave roja escaldada devora mis ojos entonces

empiezo a querer entrar

un patio y el otro y salgo a campo traviesa

donde los árboles

hacen música de cristal tan leve

hierba finísima me acaricia las rodillas de niña hechizada

tengo que poder cerrar esa puerta cuando atardece

adonde soy la mariposa negra continuamente continuamente

y luego oruga y después nada

el saco roto de la memoria el hada perdida

siempre pensé que las fiestas del estío serían salvajes

que los perros me lamerían allá

que me crecerían gladiolos por la boca sino podaba

que la noche se abriría madre sexual de toda cicatriz de leche negra

y yo desnuda sobre la loza de un epitafio pleno de chistes

la vida de los frutos hilarantes

y la gran madre de todos los sexos a mandíbula batiente

demasiada pulpa verde renaciendo

antojadiza de ángeles quebrados

andrajos de lobo y vellos de Satán

ahí es donde recuerdo que yo era de volar

y no tenía alas apenas solía ponerme en puntas de pie y ya partía

espléndida

hacia un río de noche un tugurio de flores encriptadas

yo mariposa raída en el solsticio sagrado

coleccionaba nácares coleccionaba néctares

me posaba tramaba

el camino de la cópula estaba oculto entre árboles mordidos por murciélagos

apuestos como príncipes ajados

ahora lo célebre cae por su propio peso en estadios vacíos y el suelo está cubierto de

diademas rancias bellezas extremas

ceno rubíes mi estanque empieza a sangrar

después mastico amapolas entre vacas que me miran nacer una y otra vez

así son los domingos en la chacra que ya no está

los retratos se tuercen nadie practica pastelería

la familia se apaga lánguida cándida

raspo el fondo de la madrugada en los gallos abiertos

de la casa queda una pared y un ramo de albahaca tiesa

con una pared alcanza para templar y destemplar

es la hora de los caballos que arrasan

me conducen a la morada del diablo

su sombra es autónoma y dulce

se toca el ala del sombrero con un gesto invisible

pronuncia mi nombre al revés

allí me caso para siempre


(a Marosa)



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vivo a media cuadra de sus cuerpos muriéndose esta noche

estaciono el auto y miro la ventana iluminada

allí están los padres que quedan

sin embargo me esperan con comida

peleo con él que siempre sabe

trato de escucharla a ella que sonríe fijamente

como víctima quiero morir ahora

él se atraganta y ella se incorpora con tanta dificultad como si naciera otra vez

prefiero ser perdonada antes de que suceda me repito

mientras bajo por el ascensor después de cerrar la puerta con doble llave

a la calle donde la orfandad es interminable






Maite Aranzábal se dedicó al teatro (directora, actriz y dramaturga)pero también escribe a veces algo de poesía y narrativa, desde niña. Publicó libros de poemas "Leonardo o el vientre del agua", "Dormir Vestida", "El viento va a querer más", "Los árboles", y la novela breve "El Librito de Nácar". Vive en Fiske Menuco, Río Negro.


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